House of Cards y el art. 155



Existe una gran cantidad de material fílmico sobre zombies que legitima el relato de unos pocos elegidos, con conciencia (y vida), que revientan a la masa de ruinosos cuerpos para interponerse en sus objetivos. De Black Hawk Derribado a los vídeos domésticos retransmitidos en formato noticia, la justificación de la acción legal, con rotura de dedos, abuso sexual,... se basa, como ya tantas veces se ha dicho, en la zombización, cosificación, deshumanización, ... de quien va a sufrir al Imperio de la Ley. En Cataluña, han sido manipulados por la Generalitat, como ha defendido recientemente un eminente youtuber español, y líder de las fuerzas armadas, de forma que ya no se les podrá recuperar/curar. Han sufrido una infección vírica, y habrá que tomar medidas. Esas medidas son el artículo 155 de la Constitución, que tiene detrás todo el miedo del mundo: ¿qué ocurrirá?, ¿qué medidas de fuerza concretas supone? El desconocimiento es parte de la amenaza.

Pero en esta reseña no voy a entrar tanto en los mecanismos que justifican la represión, como en los mecanismos que la representan como real y terrible, aún antes de su ejecución. Aunque unos requieran de los otros.

En House of Cards, la carrera psicópatica en la búsqueda del poder por parte del senador Frank Underwood, un Kevin Spacey brutal, construye la historia central a modo de radiografía del delirio. Ni la felicidad ni el dinero, sólo el poder es de su interés. Por tanto, insobornable e indomable en su búsqueda del objetivo.

El recurso de la mirada a cámara y revelación (nos transmite sus pensamientos en tiempo real conforme la acción se produce), que a menudo utiliza, convirtiéndonos en cómplices de sus actos, nos muestra su transparencia y claridad. El juicio moral es algo de lo que se deshizo hace tiempo, y ahora puede caminar sin ese peso [Zizek hace un análisis de los yupis en "Órganos sin cuerpo" más que recomendable para entender esta "liberación"].

A menudo, la serie ha sido leída como un destripe progresista del poder: ¡qué mérito decir lo que no se puede decir! Pero cabe una segunda lectura, que la deja como artefacto mucho más reaccionario: Después de saber todo esto, después de saberlo TODO, porque Frank nos lo cuenta todo, ¿qué se puede hacer? No se puede negociar ni comprar, no se le puede pedir que se rinda, no se le puede conquistar. Si el poder es gobernado por gente así, ¿qué posibilidad tiene el pueblo? Tipos así siempre estarán un kilómetro por delante nuestra. Jamás podríamos competir con la abnegada dedicación del protagonista.

Esa es la amenaza.

Sabemos de los trapos sucios del Partido Popular, del partido en el Gobierno, más de lo que se ha sabido de ningún otro. Los fantasmas en el armario, los discos duros quemados, los nombres propios en la lista de entrega de sobres, ... y tantos desnudos periodísticos y judiciales, y, a la vez, su negativa al diálogo cuando sabemos que negociaron con ETA, que usaron sin inmutarse las cloacas de los servicios secretos, y, a la vez, su alardeada vocación por la ley. Por tanto, estamos ante el efecto Underwood: nos han transparentado su cinismo, pero eso les vuelve más fuertes. Sabemos que no se detendrán, que no se dejarán embeber en el relato de España, aunque lo utilicen, ni el de la democracia, ni el del futuro, ... Igual que nuestro senador favorito, operan en otro nivel.

En cualquier otro, el semblante del poder, del "no me temblará la mano", puede ser incluso una forma de debilidad: en el último momento, no se atreverá precisamente porque creemos que utiliza esa amenaza para no tener que usarla. Pero, en este caso, es al contrario. La amenaza es sólo una parte de la tortura.

Ver a Rafael Hernando en La1, negando las agresiones policiales mientras, junto a él, en la pantalla dividida, se nos mostraban dichas agresiones policiales, pese a que se hacía en su versión más edulcorada, generaba esa incomodidad underwoodiana. Las imágenes de las agresiones funcionan como esa confidencia con el espectador. Todo lo que sabemos de ellos nos sitúa frente a la certeza de que no se detendrán.

¿Significa esto que sólo un acto de fuerza es posible contra ellos?

Sin duda, la mitología guerrillera funcionará en la mente de unos cuantos estos días. Pero, sería un enorme error. Los guerrilleros, por muy sanguinarios que sean, tienen un Ideal detrás, una promesa, que a la vez es su debilidad en cuanto muestran que sus medios nos alejan de ella. El delirio underwoodiano no se debilita del mismo modo, pues carece de promesa, de Ideal externo. Todo es interno. Es un delirio contingente, un sometimiento total, que nos guiña a cámara mientras promete lealtad. Por eso, Frank Underwood podría desayunar guerrilleritos todas las mañanas, si quisiera.

¿Dónde radica entonces su debilidad?

Quizás la propia House of Cards, en algunos instantes, nos da pistas en forma de destellos. Quizás Frank (o Rajoy) nos puede ayudar a pensar en los delirios underwoodianos que todos tenemos, aunque más pequeños, más cotidianos, más escondibles. Deshacernos de dichos delirios no es fácil, pero puede permitirnos ciertos giros argumentales en este drama de política postmoderna, o postmortem. Por ejemplo, si el artículo 155 permitirá que el Estado tome el poder de la Generalitat, ¿por qué defenderla? ¿No es nuestro propio Underwood el que nos impulsa a querer competir con ellos por el mismo poder?

¿De qué sirve la Casa Blanca si fuera el viejo templo de una religión en la que ya nadie creyera? ¿Y la Generalitat?

Comentarios

  1. Genial y estiloso: cojonudamente escrito. Ahora añádele a eso el hecho de que esa complicidad, a la que podemos llamar Ideología, es absolutamente homosexual (y no homoerótica). Digamos que fue algo que los americanos sí entendieron cuando no quisieron saber nada de Brecht: era demasiado pornográfico, así que le robaron el Efecto-V.

    Como te digo es algo que funciona en la base de toda pornografía y, quizá, de toda democracia (incluida la del esclavismo griego, asalariado capitalista, socialista, etc.).

    ¿Qué nos queda? Hablar otro lenguaje, ser extranjeros de nosotros mismos, devenir exiliados in situ, siniestros para cualquier idioma, agenciarnos otros lugares...

    Una vez más, Rimbaud lo tenía muy claro: la elegancia, la ciencia y la violencia... y no, me temo, que ningún dios 8ni muchísimo menos Alá, por resultar tan grande, heideggeriano y misericordioso) puede salvarnos. A no ser que llamemos Dios al Inconsciente.



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    1. ¿Y en qué punto caeremos en la vieja tópica "tomar el poder sin el poder", etc.?

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  2. Entiéndeme bien: no se trata de tomar el poder de ninguna manera... Se trata de que no exista lugar donde pueda ejercerse. A cuento de nada y a cuenta de nadie... Y para eso el único umbral que se vislumbra es el de la no-identidad. Por eso te queda un comentario sobre The Young Pope y el poder. Te lanzo el guante

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    1. Lo que pasa es que se dan una serie de condiciones materiales que dificultan el comentario que me pides: a María no le ha gustado la serie.

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